En la preparación y apoyo al golpe de estado del 18 de julio de 1936 confluyeron, como se sabe, grupos políticos e instituciones altamente diferentes entre sí. Las circunstancias de la guerra -en ningún caso prevista y resultado del fracaso insurreccional- abocaron a aquel diverso conjunto inicial a una andadura común en la que la disparidad originaria impuso desde el principio una considerable dosis de lucha interna y de tensión.14 Como es conocido, la pluralidad de los principales generales conspiradores condujo a que el levantamiento careciese de un perfil político definido. La idea era hacerse de forma rápida con el control del Estado e instaurar un directorio militar similar al establecido por Miguel Primo de Rivera desde el que pensar qué hacer con la compleja situación política del país. Aunque la heterogeneidad de los militares impidió que la sublevación tuviera un objetivo político claro había, sin embargo, dos ideas básicas que, de forma general, eran compartidas por el conjunto de los rebeldes: el nacionalismo español historicista y unitarista ferozmente opuesto a la descentralización autonomista o secesionista; y un anticomunismo genérico que repudiaba tanto el comunismo stricto sensu como el liberalismo democrático, el socialismo y el anarquismo.15 A pesar de que el proyecto político que saldría del alzamiento era en aquellos primeros momentos una incógnita aún no perfilada, un feroz nacionalismo mesiánico plagado de mitos y símbolos común a todos los sublevados comenzaba a configurar desde el principio una retórica salvacionista en la que el recurso al rescate de la patria aparecía reiteradamente como el motivo último desde el que legitimar el golpe que se llevaba a cabo.16 14 La confluencia en el apoyo al golpe de estado que llevó a cabo el Ejército tampoco se produjo de la misma forma en todas las fuerzas políticas que lo terminaron secundando. Mientras los monárquicos alfonsinos de Renovación Española y Acción Española -cercanos a las élites económicas y militares del país y carentes de masas propias a las que movilizar- parecían tener claro desde un principio que cualquier levantamiento debía pasar necesariamente por el Ejército, Falange y la Comunión tenían planes insurreccionales propios que no pudieron llegar a culminar. Fue a partir de esta obligada asunción de la necesidad de contar con el Ejército como se terminó asegurando el apoyo de carlistas y falangistas. La Iglesia, por su parte, mantuvo al comienzo de la sublevación una prudente distancia motivada por la falta de perfil religioso del golpe y por la carencia de alusiones a la confesionalidad del Estado y a la recatolización del país, una distancia que se vencería pronto y que daría comienzo a una dinámica de intercambios mutuos entre el futuro régimen político y las jerarquías eclesiásticas. 15 Entre otros, Enrique Moradiellos, La España de Franco (1939-1975). Política y Sociedad, Madrid, Síntesis, 2000, p. 40. Para un análisis del nacionalismo providencialista del Ejército ver Juan Carlos Losada, Ideología del Ejército franquista (1939-1959), Madrid, Istmo, 1990, pp. 25-35. 16 Para los primeros discursos y proclamas del general Mola y de Franco donde aparece este recurso sistemático a la salvación de España se puede ver Julio Gonzalo Soto, Esbozo de una síntesis del ideario 15 Si la heterogeneidad y la discrepancia de opiniones reinaban dentro de las élites militares, algo similar ocurría entre las diferentes fuerzas políticas y sociales que lo apoyaban. Tradicionalistas carlistas, monárquicos alfonsinos, la CEDA y Falange, en tanto fuerzas políticas confluyentes, y la Iglesia, en tanto institución, tenían exclusivamente en común las definiciones establecidas en términos negativos: todos eran antidemocráticos, antiliberales, antifrentepopulistas y anticomunistas. Las definiciones positivas sobre lo que se esperaba del régimen político que saldría del golpe de estado y, una vez fracasado éste, de la guerra eran, sin embargo, altamente diferentes entre sí. Nuevamente, el mínimo común denominador entre todos ellos se encontraba en el profundo nacionalismo que determinaba, en aquel variado conjunto y en la coyuntura precisa de la guerra, la necesidad de redimir a la patria.17 Para unos y para otros había llegado la hora de España, la hora histórica y decisiva en la que el país podía salvarse. El mito redentorista según el cual lo que se jugaba en la guerra era la propia existencia de la nación, mortalmente amenazada y presta a ser rescatada, estructuraba las posiciones y los discursos de los distintos sectores que apoyaban el golpe y se adentraban juntos en la guerra. Pero ahí terminaban las confluencias. La discrepancia esencial partía de una concepción nacional diferente: España no era lo mismo para los distintos grupos que formarían el régimen vencedor. Las esencias de la nación -esencias en función de las cuales se interpretaba la particular historia nacional que ahora conducía al momento bélico y que debían asegurarse- eran distintas. Y la ansiada redención de la patria que traería la prevista victoria tampoco se concebía de forma igual. Poco tenían que ver en su sentido último la guerra santa y la cruzada en la que luchaban los carlistas18 o a la que alentaban los obispos desde los de Mola en relación con el Movimiento Nacional, Burgos, Editorial Hijos de Santiago Rodríguez, 1937. También, Félix Maíz, Mola, aquel hombre. Diario de la conspiración. 1936, Barcelona, Planeta, 1976. Los primeros comunicados de Franco pueden encontrarse en Joaquín Arrarás, Historia de la Cruzada española, Madrid, Ediciones Españolas, 1940, Vol. III. 17 Aunque aquí sólo se trabaja con el discurso del bando sublevado, la retórica nacionalista protagonizó, también, el discurso de guerra republicano, como han puesto de manifiesto diversos autores. Para la dimensión nacionalista de la guerra civil se puede ver Xosé-Manoel Núñez Seixas, “Nations in arms against the invader: on nationalist discourses during the Spanish civil war”, en Chris Ealham y Michael Richards, The Splintering of Spain, Nueva York, Cambridge University Press, 2005, pp. 45-68. También, Xosé-Manoel Núñez Seixas, ¡Fuera el invasor! Nacionalismo y movilización en la guerra civil española (1936-39), Madrid, Marcial Pons, 2006. Igualmente, José Álvarez Junco, “Mitos de la nación en guerra”, en Santos Juliá (coord.), República y Guerra civil. Historia de España Menéndez Pidal, vol. XL, Madrid, Espasa Calpe, 2004, pp. 635-682. Del mismo autor,“El nacionalismo español como mito movilizador: cuatro guerras”, en Rafael Cruz y Manuel Pérez Ledesma (eds.), Cultura y movilización en la España contemporánea, Madrid, Alianza, 1997, pp. 35-67. 18 Javier Ugarte da cuenta de las muestras de religiosidad espontánea y de las explicaciones de viejos requetés sobre la significación religiosa que para ellos tenían el alzamiento fallido y la guerra que se iniciaba. Javier Ugarte Tellería, La Nueva Covadonga insurgente. Orígenes sociales y culturales de la 16 púlpitos de las iglesias,19 con aquella otra cruzada secular de la que hablaba Falange o a la que el mismo Franco se había referido en sus comunicados iniciales.20 “Considérate soldado de una cruzada que pone a Dios como fin y en Él confía el triunfo”, había escrito Fal Conde en el Devocionario para uso de los requetés.21 “Falange Española cree resueltamente en España”, había sentenciado por su parte José Antonio apuntando hacia otra última deidad. “Para conseguirlo, llama a una cruzada a cuantos españoles quieran el resurgimiento de una España grande, libre, justa y genuina”, había postulado el líder falangista aludiendo a la conducta requerida para la salvación nacional.22 Lo que para unos conllevaba una definición en términos religiosos de la guerra que se iniciaba, para otros resultaba una eficaz metáfora sin contenidos de catolicidad. En definitiva, el profundo nacionalismo que impregnaba la retórica de aquella guerra salvadora y redentora que libraría a la nación de las fuerzas del mal era plural: nacionalismos enfrentados con proyectos políticos distintos sobre lo que era y debía ser España en el futuro régimen vencedor. 23 sublevación de 1936 en Navarra y el País Vasco, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998, pp. 156-158. Por su parte, Martin Blinkhorn señala que “más que ningún otro elemento del bando nacionalista, los carlistas consideraban la guerra como un acontecimiento que trascendía el conflicto civil o hasta ideológico: en resumen, que se trataba de una cruzada religiosa”. Martin Blinkhorn, Carlismo y contrarrevolución en España, 1931-1939, Barcelona, Crítica, 1979, p. 362. Sobre esta cuestión también se puede ver Francisco Javier Capistegui, “Spain’s Vendée: Carlist Identity in Navarre as a mobilising model”, en Chris Ealham y Michael Richards, The Splintering of Spain..., op. cit., pp. 177-196. 19 Para la justificación de la guerra como cruzada religiosa se puede ver el detallado análisis y la genealogía que realiza Alfonso Álvarez Bolado, Para ganar la guerra, para ganar la paz: Iglesia y guerra civil: 1936-1939, Madrid, UPCO, 1995, especialmente el capítulo 1. 20 En la alocución dirigida por Franco el 22 de julio de 1936 desde el micrófono de la emisora de radio de Tetuán a la Guardia Civil, el futuro Caudillo denominaba al alzamiento “Cruzada en defensa de España”. Un par de días después, el 24 de julio, dirigiéndose esta vez a todos los españoles, el general denominaba al golpe de estado “Cruzada patriótica”. A este respecto, Luis Suárez apuntó -en su ideologizada biografía política de Franco- que en estos primeros comunicados, en los que no se mencionaba ni a izquierdas ni a derechas, y que no contenían ninguna alusión al perfil político del golpe, lo que impregnaba la retórica de Franco era el amor devocional a España en función del cual ésta debía ser salvada. Así, la guerra sin tregua que debía declararse a los enemigos de la patria se planteaba como una nueva cruzada, una cruzada con minúsculas y sin connotaciones religiosas, cuyo máximo principio, todavía en aquel momento inicial, era España. Ver Luis Suárez, Francisco Franco y su tiempo, Madrid, Fundación Nacional Francisco Franco, 1984, Tomo 2, pp. 53 y 70. Los dos comunicados a los que se ha aludido se pueden ver en Joaquín Arrarás, Historia de la Cruzada española, op. cit...., p. 84. 21 El apunte completo que se podía leer en la primera página del Devocionario era el siguiente: “La causa que defiendes es la Causa de Dios. Considérate soldado de una cruzada que pone a Dios como fin y en El confía el triunfo. Piensa que pretendes devolver a Cristo la Nación de sus predilecciones que las sectas Le habían arrebatado”, en Devocionario del Requeté, Soller, Tipografía Salvador Calatayud, 1937 (sin numeración). Igualmente, Jordi Canal, El carlismo: dos siglos de contrarrevolución en España, Madrid, Alianza, 2000, pp. 329 y ss. 22 “Puntos iniciales”, en F.E., núm. 1, 7 de diciembre de 1933. Recogido en José Antonio Primo de Rivera, Obras, Madrid, Editorial Almena, 1971, p. 93. 23 Para una reflexión sobre los distintos contenidos del término Cruzada utilizado por los militares, las jerarquías eclesiásticas y los diversos grupos políticos en los primeros meses de la guerra se puede ver José Andrés-Gallego, ¿Fascismo o Estado católico? Ideología, religión y censura en la España de Franco, 1937-1941, Madrid, Ediciones Encuentro, 1997, especialmente el capítulo 1. 17 En el primer informe que el cardenal Gomá envió al cardenal Pacelli, secretario de Estado de Pio XI, el 13 de agosto de 1936 poniéndole al corriente sobre el levantamiento de julio, el Primado aludía a esta variedad ideológica que existía dentro del grupo de quienes apoyaban el golpe: en el alzamiento confluían, desde aquellos que aspiraban a “una República laizante, pero de orden”, hasta quienes combatían “con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el pecho y que quisieran una monarquía con unidad católica, como en los mejores tiempos de los Austrias”. Aunque no parecían existir dudas sobre la convergencia de todos ellos en asegurar en el futuro español las bases fundamentales de la civilización cristiana, y a pesar de que en el bando rebelde se daban continuas muestras de religiosidad, no eran lo mismo los unos que los otros. Junto a los requetés tradicionalistas, convencidos de estar luchando en una guerra santa por Dios y por España, y salidos a la batalla confesados y comulgados, los representantes alfonsinos de Renovación Española y, sobre todo, las milicias falangistas se movían puramente por motivos patrióticos, observaba el cardenal: omitiendo a Dios, luchaban exclusivamente por España. A pesar de que Gomá se mostraba seguro de que la victoria supondría “una era de franca libertad para la Iglesia”, en ningún momento descartaba que pudieran surgir tensiones entre los distintos grupos en virtud de sus discrepancias ideológicas. En opinión del Primado, estas tensiones podrían manifestarse en dos cuestiones principales: por un lado, en lo referente al futuro político del país y, por otro, en lo tocante al papel que jugaría la Iglesia en el Estado de la Victoria.24 En realidad, no eran preocupaciones nuevas; todos los grupos que coincidían en el bando nacional parecían tener clara esta disparidad de pretensiones. Ésta había sido la razón de que no hubiese habido un pronunciamiento político en el golpe militar. Pero ésta era también la clave de que los distintos grupos tratasen de asegurarse unas mínimas garantías de imposición de sus proyectos en el futuro régimen vencedor, tratando de mantener el máximo grado de independencia dentro de unas circunstancias excepcionales en las que todos se necesitaban mutuamente.25 Ciertamente, en el contexto de la guerra cada uno estaba condicionado por la suma mayor que formaba el conjunto resultante. Por un lado, los generales sublevados requerían de las ingentes masas de voluntarios combatientes alistados en las milicias 24 Isidro Gomá, “Informe acerca del levantamiento cívico-militar de España en julio de 1936”, en José Andrés-Gallego y Antón M. Pazos (eds.), Archivo Gomá. Documentos de la Guerra Civil, Madrid, CSIC, 2001, Vol. I, pp. 80-89. 25 Ismael Saz, “Salamanca, 1937: los fundamentos de un régimen”, en Ismael Saz, Fascismo y franquismo, Valencia, PUV, 2004, p. 129. 18 carlista y falangista para poder afrontar la lucha. Por otro, la única posibilidad que tenían las distintas fuerzas políticas de llevar a cabo sus proyectos ideológicos en el futuro Estado parecía residir en el contexto bélico y en los márgenes de acción que éste abría. Para Falange, partido minoritario durante los años republicanos y fracasado en su intento de penetrar y movilizar a la sociedad en el periodo anterior al 18 de julio, la guerra suponía un aluvión de nuevos alistados que convertían al partido en la fuerza mayoritaria de la zona nacional. 26 Para el carlismo, de escasa cabida en el espacio político del siglo XX e incapaz de desencadenar la cuarta guerra carlista, la coalición sublevada conllevaba la posibilidad de apoyar a un futuro régimen autoritario que recogiera su ultracatolicismo y su antiliberalismo, aunque para ello tuviera que ceder algunas de sus esencias ideológicas.27 Para el grupo de monárquicos alfonsinos aglutinados en torno a la revista Acción Española y al partido Renovación Española, su necesidad del conjunto estribaba en su carácter elitista y en su escaso calado entre las masas, necesitando, por tanto, del apoyo de los demás grupos políticos una vez que la guerra adquiría proporciones de una lucha civil de duración desconocida.28
martes, 3 de octubre de 2017
Entrada prueba 3
La primera referencia en cuanto a su fabricación aparece en una enciclopedia china del año 1040. La primera noticia de su empleo como ayuda a la navegación se encuentra en un informe del año 1115.
La brújula china tomaba originalmente la forma de una cucharilla sin mango hecha de magnetita (óxido de hierro magnético) y que se ponía a flotar sobre el agua. La magnetita, influida por el campo magnético de la Tierra, tomaba siempre la misma orientación respecto a un eje norte – sur. Este hecho era conocido por los augures chinos, lo que les permitía “predecir” hechos con cierta facilidad. Más tarde, los chinos aprendieron a magnetizar el hierro, bien frotándolo contra un trozo de magnetita, bien calentándolo y dejándolo enfriar en reposo.
La primitiva cucharilla de magnetita constituía una brújula muy incómoda y los chinos pronto inventaron un flotador de madera, generalmente en forma de pez, al que le incorporaban un trozo de magnetita o de hierro magnetizado. La primera brújula marinera de que tenemos noticia tenía este flotador en forma de pez, pero montado de tal manera de que pudiese girar sobre un eje vertical. Obviamente esta brújula como ayuda a la navegación sólo servía con mar muy calmada.
Existen dudas de cómo llegó la brújula a Europa y a los países islámicos. Alexander Neckam, abad de Cirencester, fue el primer europeo en describir una de ellas, en el siglo XII. A finales del siglo XIII, el uso de la brújula ya se había generalizado por toda Europa. Tampoco hay pruebas de que los marinos árabes la empleasen antes de 1232 y el nombre que estos le dieron, al kombas, no es una palabra árabe, sino copiada de los italianos.
Los primeros compases magnéticos del Islam tenían, como los de los chinos, forma de pez, lo que hace probable que lo adoptasen en sus viajes al sur del mar de China y que lo perfeccionasen a través de los marinos europeos.
Hacia 1300 se introdujeron dos mejoras importantes de la forma del compás. La primera fue que éste se montó sobre anillos cardánicos o giroscópicos. Estos consistían en una serie de anillos concéntricos que cuando el barco bandeaba o cabeceaba, se mantenían paralelos al horizonte. Estos anillos se empleaban desde 1230 para sostener los incensarios de las iglesias.
La segunda mejora es la aparición de la rosa de los vientos, que es una carta marcada con los cuatro puntos cardinales y sus subdivisiones que va instalada en el compás magnético. Se dice, aunque no con total certeza, que fue inventada por Flavio Giogia de Amalfi hacia 1300. Sea o no cierto, el hecho es que fue un invento italiano.
Antes de su invención, la aguja del compás se podía emplear solamente para conocer más o menos la dirección del buque, y el marino para establecer su ruta tenía que fiarse de otros factores, tales como la posición del sol, de la luna y de las estrellas.
La aparición de la rosa de los vientos permitió al navegante fijar un rumbo al timonel y que este lo siguiese continuamente. Además hacia posible establecer la posición en el mar a la vista de tierra mediante la toma de puntos de referencia en la costa, tales como cabos, que podían registrase en la carta de navegación. Fue principalmente la rosa de los vientos lo que hizo posible los viajes de exploración iniciados por el príncipe portugués Don Enrique el Navegante que abrieron las rutas al Cabo de Buena Esperanza y al Extremo Oriente, y, finalmente, condujeron al descubrimiento del Nuevo Mundo y a los grandes viajes de la conquista de América de principios del siglo XVI, que hubieran sido prácticamente imposibles sin la existencia de un instrumento de orientación tan útil y a la vez tan sencillo.
Entrada prueba 2
hamadare waasshiro shikukuku naate hoho wo tsutai ochiru mou dokonimo kaeru basho ga nai nara
Jesús dijo « Cualquiera que haga la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre » (Mateo 12, 50). Con estas palabras Jesús describe una cercanía inaudita entre personas que no comparten una misma sangre. Es cierto que a través de la oración y el servicio a los más vulnerables podemos sentirnos muy cerca de personas que apenas conocemos.
Esta comunión se hace particularmente perceptible en la oración. Cuando rezamos juntos, nos acercamos los unos a los otros. Esto es especialmente cierto entre los cristianos. En Taizé a menudo hemos visto cómo rezar juntos ha hecho apreciarse a personas a quienes resultaba difícil encontrar puntos de entendimiento entre sus iglesias.
Esta comunión es también cierta con aquellos que no comparten nuestra referencia a Cristo. Muchos de nosotros lo hemos experimentado : algunas personas, inlcuso sin un vínculo consciente con el Padre, parecen hacer su voluntad, tanta es la energía que ponen al servicio del amor al prójimo.
Estas personas hacen los mismos gestos de amor que los cristianos. En ocasiones incluso, atrevámonos a decirlo, lo hacen mejor que nosotros. En lugar de competir unos con otros o negar el vínculo que tienen con la voluntad de Dios, podemos llevar a estas personas en nuestra oración. Sin arrojar ninguna sombra sobre su libertad de conciencia, podemos, por nuestra alabanza, ser el hilo, no importan cuán tenue, que les liga a Dios.
Si nos acostumbramos a sentir cuánto se complace Cristo en las cosas hermosas que hacemos juntos, descubrimos cuán fuertemente el Espíritu Santo habla al corazón de cada persona humana. En los primeros siglos de la Iglesia, los pensadores cristianos hablaban de las « semillas de la Palabra » que habían venido a fertilizar las culturas y religiones no cristianas.
Debido a la globalización, las ideas, la información, el capital y los bienes nunca habían circulado a tal velocidad por el globo. Este frenesí podría alarmarnos. Debido al miedo a las migraciones, todo circula excepto la mayoría de los habitantes de la tierra, muchos de los cuales no pueden cruzar las fronteras.
A causa de esto, nos encontramos sin encontrarnos. A veces, con una pantalla que se interpone entre nosotros, a menudo con malas noticias que nos separan e incluso más a menudo porque compramos de unos a otros sin siquiera hablarnos de verdad.
Intentar ver cómo el aliento de Dios siembra semillas en las vidas de las personas podría ser una oportunidad magnífica para conocernos los unos a los otros en verdad, para apreciarnos realmente, a pesar de los defectos que podamos encontrar en la cultura o el comportamiento del otro. Y una vez nos conozcamos mejor, podremos resaltar lo mejor de cada cual, dejarnos inspirar por otros y así corregir lo que necesita ser corregido en nuestro propio comportamiento.
Tal y como indica el hermano Alois en sus propuestas para el año 2017 : « ¿Podemos encontrar maneras de estar presentes en lugares de fractura, y de construir puentes ? Oremos por aquellos que no comprendemos y no nos comprenden. » Las semillas de la Palabra nos ayudan a entendernos los unos a los otros. El Espíritu Santo habla un lenguaje del corazón que sabe hacerse oír a pesar de todos nuestros obstáculos lingüísticos y culturales.
Escuchemos pues lo que Dios murmura en la belleza de cada cultura. En este murmullo se encuentra su voluntad, una voluntad que no podemos cumplir solos. Dios nos confía los unos a los otros, como un don y como una responsabilidad. Reconozcámonos indispensables los unos para los otros en este camino hacia Dios.
¿Hay personas de las que me siento más cerca que de miembros de mi propia familia ? ¿Por qué ? ¿Es posible ver a cada ser humano como un hermano o una hermana ? ¿Qué implicaría esto en concreto ?
¿Cómo podemos hacer que nuestras comunidades cristianas sean más como una familia ?
¿Qué puentes podemos construir con personas que no comparten nuestra fe ? ¿Qué podemos aprender de ellos ?Entrada de prueba
La República Galáctica está sumida en el caos. Los impuestos de las rutas comerciales a los sistemas estelares exteriores están en disputa. Esperando resolver el asunto con un bloqueo de poderosas naves de guerra, la codiciosa Federación de Comercio ha detenido todos los envíos al pequeño planeta de Naboo. Mientras el Congreso de la República debate interminablemente esta alarmante cadena de acontecimientos, el Canciller Supremo ha enviado en secreto a dos Caballeros Jedi, guardianes de la paz y la justicia en la galaxia, para resolver el conflicto....
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